Pintadas
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Xabier de Antoñana publicado en DEIA el 20 de agosto de 1999.
Una ‘pintada’ no es nada original, que los griegos las emplearon, proliferaron con los romanos y siempre fueron el mejor medio de comunicación popular, cuando ésa era la única manera de llegar al gran público, ni televisión, ni radio ni voceros ni diarios de ninguna especie, que esto de dirigir un mensaje al Poder a través de la letra impresa es muy reciente, cuatro días no más, año de 1620 en el país de la cultura y las revoluciones frustradas, que Francia resultó el país menos revolucionario del planeta, hondamente burgués, a pesar de Voltaire, maestro en la ‘octavilla’, y sus afanes mitoclastas, sin olvidar a Quevedo.
Francia sentó las bases de cualquier revolución, empezando por Rabelais y su sátira social, Descartes, que logró destripar el juego de la razón anquilosada en el mundo medieval y coloca al individuo como centro del universo, idea ya expuesta por Suárez, siguiendo con Montesquieu, solitario en su agonía religiosa interior, engendra la separación de los ‘tres poderes’, que los gobernantes actuales continúan manoseando y usándola a su antojo, y cierra la hilada Rousseau con su ‘Contrato’ y los teóricos del Romanticismo, entroncado en la lucha por la libertad individual, que no abordaron a fondo la libertad social, la libertad para el cuerpo social. No acogieron la lucha colectiva del siglo de oro español, aunque Victor Hugo intentara remediarlo exaltando la lucha popular de toda una ciudad, o de una clase postergada, contra la dictadura de Napoléon III, a quien tanto combatió desde el destierro, pero ya era tarde, la Revolución del 1789, carroñera de Euskal Herria, dibujó el ‘trapito’ y la ‘Marsellesa’ y se quedó en los hilvanes, que muchos de sus postulados siguen intactos, incluso la manida ‘Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano’ del 1794. ¡Y qué decir del "Mayo-68"!.
La ‘pintada’, la ‘octavilla’, el ‘panfleto’, son instrumentos permanentes de comunicación del pueblo con sus gobernantes. El ‘populacho’ necesita hablar, dirigirse a los estamentos del poder y advertirle que no, que debe corregir tal o cual iniciativa. Y el gobernante, ciego y terco, no halla otra solución que borrar las pintadas, rechazar sus mensajes y machacar a sus autores. Y así, no. Si la Ley no es vehículo de paz, se hace trizas, ‘se obedece pero no se cumple’.
Nos pasamos la vida soñando en la definitiva revolución popular, no burguesa, que reduzca las diferencias ideológicas y sociales que tantas guerras han provocado. Y, si la juventud intenta darnos lecciones para que el carro avance y no se entorque en el fango de la indecencia política, los apaleamos, detenemos y convertimos en piltrafas de la sociedad, de esa sociedad de alardes imaginarios, y nos llenamos la boca, pendejos de la política, con aquello de la solidaridad, igualdad, libertad y fraternidad.
Una pintada fresca lo deja muy claro: "Azkuna, no pongas el trapo". De acuerdo en que una bandera, si no entraña en los pliegues de su tela el sentimiento liberador de un Pueblo, es un trapo y sólo un trapo. Hace 17 años me llamó un juez de Iruñea, me toma declaración y me dice que ‘alguien’ se ha querellado contra mí por decir eso mismo en el difunto ‘EGIN’ con el título ‘Simbología de los trapos’. Fundé mi argumentación en que el ‘drapeau’ francés, ‘trapito’, viene del germánico ‘drap’, o sea, ‘trapo’. Si ese ‘trapo’ no me dice nada, como ciudadano de Euskal Herria, porque mi verdadero ‘trapo’ es la ikurriña y el ‘arrano beltza’, estandarte de los ejércitos navarros y así se conserva en el Palacio Foral, en el monasterio de la Oliva y en la iglesia-fortaleza de Uxué, esculpidos en piedra sobre sendas claves de las bóvedas góticas, y las ‘cadenas’, que figuran en la catedral de Chartres (Francia) y en la iglesia de San Miguel de Lizarra y fechados ya a mediados del siglo XII, o sea, muy anteriores al cuento chino de las ‘Navas de Tolosa’. Si ese trapo, digo, no evoca nada a la gran mayoría de la población ni se identifica con él, no es su trapo y, si el poder dominante lo iza en el mástil oficial, un adorno provocador contra la estética política, quedan dos caminos: o mirarlo con indiferencia y desprecio o eliminarlo, tal que así se hizo en su día en la Plaza de ‘Los Fueros’ de esta ciudad.
A tal querella, alguien, con gran sentido común, le dio carpetazo. Y ahora volvemos a las andadas con ‘la guerra de las banderas’. Y el alcalde de Bilbao se descuelga con esto: ‘No vamos a hacer una III Guerra mundial’. Pues, eso, que no se puede andar bandeando y en la procesión. El Pueblo vasco nunca necesitó símbolos ni leyes extraños para ser, los creó. Así se ve, con la debida cortesía, desde estas tierras mugantes.
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